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29 de mayo de 2014

Duele

Duele.

Duele saber que estás lejos y que hace un tiempo que no gozo de tu presencia. 

Duele. 

Duele el intentar recordarte y sentir como tus ojos, tu rostro, tu figura, se va desdibujando de mis sentidos tal y como los niños borran los dibujos del encerado, tanto es el tiempo que se me antoja sin verte. 

Duele. 

Duele más aún conocer de tu sufrimiento, de tu dolor, de tus interminables noches en vela cargadas de una negrura espesa. 

Duele. 

Duele saberte en pos de una arriesgada utopía que intentas alcanzar desesperadamente extendiendo tu mente en su máxima intensidad, fuera de tu ser, lejos de la dimensión en que habitas. 

Duele. 

Duele el sentir que no estoy, que no puedo estar a tu lado para besarte, mimarte, protegerte entre mis brazos tal y como cuando eras niño y poder así mitigar tanto dolor. 

Y lo que más duele es esta verde esperanza que a veces se vuelve negra al desear con todas mis fuerzas que lo consigas. 
Te quiero tanto….

Imagen: "Solo y Vacío" - JeanBlaze - Deviantar

1 de julio de 2010

Bouganvilla

De nuevo volví a sentir la impotencia de antaño, llena de dudas e incertidumbre. Aún no he aprendido que yo soy yo con todas sus consecuencias. Aceptarlo es un duro reto para mí.
Son esos los momentos en los que intuyo o siento que el muro se vuelve a abrir entre nosotros.
No cuentan aquí los recuerdos de tu infancia cuando yo podía manejar todas y cada una de las situaciones, solucionarlas y superarlas.

- Mami tengo miedo de la ventana, creo que hay algo fuera.
- Tranquilo mi niño. Es la rama de la bouganvilla que se mece con el viento.

Ahora es distinto. No son tus miedos, sino los míos. Mis miedos a desandar lo andado y volver a perder esa complicidad que nos unía últimamente.
A veces parece que se desvanece por momentos. Y eso me produce miedo.
Lo mismo que a ti la rama de la bouganvilla.

Foto de Aquí

25 de febrero de 2010

Bicicleta

Un día apareciste empujando una bicicleta antigua, de pintura roja y desconchada y con el niquelado empañado. El cuadro de la máquina tenía una barra transversal. Había pertenecido a tu abuelo. 
Saltaste sobre el sillín y comenzaste a pedalear, tendido sobre el guía como un corredor auténtico. 
El corazón me dio un brinco creyendo que ibas a estrellarte contra el muro del porche, pero en el último instante diste un frenazo y tomaste un viraje con gran elegancia. Las ruedas derraparon sobre los adoquines del suelo. 
A mí se me secó la garganta. 
Tú arrancaste de nuevo rodando hacia delante. 
Intentaba yo seguirte.
Los timbres sonaban violentamente en los virajes. 
Yo te gritaba casi enfurecida que parases, sintiendo miedo de que pudieras caerte y hacerte daño. 
Tú reías y continuabas pedaleando.

Y yo, tal y como haría en un futuro, ante otras situaciones de la vida, te dejé hacer. Te dejé con tu libertad.

Foto de Aquí

15 de febrero de 2010

Perderte

Por aquél tiempo mi mayor temor era perderte. Puede resultar incomprensible, pues apenas si llegabas a los dos años, pero ese era mi sentir y mi temor. Presentía una temible pérdida.
Había momentos en los que se me obnubilaba la mente y todo se volvía oscuro en ella. Entonces, por algunas rendijas que quedaban entreabiertas se colaban oscuros pensamientos, negro como cuervos, que se penetraban por ellas violentamente.


Los dos disfrutábamos tranquilamente de un relajante baño donde las risas y el juego era una constante.
El vapor empañaba los espejos, los cristales de la mampara del baño, y los dorados y victorianos grifos del lavabo. Algodonosos dedos de vaho se escapaban de la bañera y se entretenían en pintar con gotas de agua los azulejos de las paredes. Tú y yo, seguíamos jugando entre la húmeda neblina.


"Vamos es hora de salir del agua".


"No Mami, un poco más".


Entonces yo me salía primero para darte a ti esos minutos que reclamabas.


"Vamos, ya tienes que salir".


Blanca toalla extendida entre mis manos, esperando para cubrir tu cuerpecito mojado. Culebrinas de agua resbalaban por tu piel, serpenteando como relámpagos en una noche de tormentas.
Te envolvía en la toalla y te tomaba entre mis brazos como si fueras un bebé recién nacido, la cabecita casi cubierta por el blanco e inmaculado del rizo.


Entonces comenzaban a reptar por mis entresijos esas ideas tenebrosas que tantas veces me hicieron casi perder la razón.


Por no sé qué extraña sin razón creía imaginar que era una mortaja lo que sostenían mis brazos. Tu mortaja.
Te abrazaba contra mi pecho y te apretaba fuerte para sentir tus latidos. Luego te destapaba y comprobaba que estabas vivo. Mi corazón volvía a retomar sus latidos habituales.


En aquella época yo solía sacar con demasiada frecuencia mis miedos a la luz… o tal vez era una metáfora de la pérdida espiritual de ti que sufriría pasados los años.


Imagen de Aquí

29 de diciembre de 2009

Desconcierto

De nuevo la lluvia azota con fuerza. Estos últimos días han sido todos semejantes, como aquellos de un final de octubre en los que casi llego a inundarse todo y el agua lo impregnó todo de barro.
Acaso pretendo a asimilar una cierta similitud en estos días con aquellos de entonces, cuando algo incomprensible para mí bailaba con burla entre ambos.


Tiendo a veces, como ahora, ahora a sentir lo mismo, percepciones que se escapan a mi comprensión y me hacen nadar en la duda y la inseguridad.


Es tu ir y venir el que me desconcierta, el que no entiendo, el que hace que se me escape el alma.
Por momentos te siento tan niño, tan cerca como antes y segundos después te escapas de mi regazo como si yo misma quemara.


Pero sabes que yo estaré siempre aquí aun que no quieras sentirme, esperando a que vuelvas como otras veces.
Como solo sabe esperar una madre.




Foto de Aquí

15 de diciembre de 2009

Huída


Sería maravilloso no tener recuerdos, despertar cada mañana con la apasionante sensación de poder empezar todo de nuevo, de ser como una pestaña bruñida por la lluvia. Más nada podía olvidar, ni siquiera los pequeños, triviales, obsesionantes detalles, los que más hieren, aquellos que hacen revivir el pasado… (Bernad de Kerraoul).


Hubo un tiempo entre nosotros en el que yo pensaba algo semejante a esto, en la época en que te escapabas e incluso parecía de huías de mí.


En aquél tiempo de lluvia interna, presentía como casi a media tarde ya se acercaba la noche, la oscuridad, y nubes bajas apresaban mi corazón envolviéndolo en un sucio gris de impotencia.
Fue mucho el tiempo en que esa persistente lluvia prosiguió monótona, insistente y glacial. Las gotas se tupieron y al estrellarse en mis latidos me atenazaban el alma.


Con la frente apoyada sobre el interior del vidrio chorreante, miraba borrosa como te alejabas, pájaro libre que empezaba a aprender a volar.




Imagen de Aquí

26 de octubre de 2009

Desvelo

Las noches de tu adolescencia pasaron sobre mí como pesadas lozas pétreas. La angustia de la incertidumbre se cebaba con mi mente haciéndome sentir mil y un miedos.
Esa impotencia ante el deseo de seguir protegiéndote me superaba, desazón que se abría ante mí al reconocer que tu vida tendía a realizarse sin necesidad de la mía.


Me pasaba las horas en la cama con los ojos desmesuradamente abiertos, o herméticamente cerrados, agudizando mi sentido del oído, escuchando atenta al ruido de cualquier coche en la lejanía, cualquier sonido de pasos en la calle, suspiros que se me escapaban.


Con el paso de los minutos mi corazón iba acelerando sus latidos. Intentaba calmarlos, caer yo misma en un sopor que me elevara de esas etapas de angustia, dormirme en brazos de la nada con el único fin de no pensar, de no sentir.


Y así segundos, minutos, horas esperando en la desesperación.


Hasta que al fin escuchaba el motor de un coche, o el sonido de la lleve en la cerradura de la puerta.
Entonces yo me dormía tranquila.


Foto de Aquí

24 de septiembre de 2009

Temor

Desde un tiempo a esta parte, que en realidad es relativamente corto, me asalta un atisbo de temor que no llega a hacerse patente del todo, posiblemente debido a que una parte inconsciente de mí se resiste a sacarlo a flote.

Son tus palabras, tus confidencias a medias, las que lo provocan. Cobardemente yo no quiero ser conocedora de ello.

Queriendo aparentar impasibilidad espero a que el reloj del tiempo me muestre una respuesta.
Conocedora aún desde lo más profundo de que hay algo oculto en el tiempo, aguardo y por momentos me desoriento.

Recuerdo “El hombre Eterno” y el temor se hace más patente.

Y me digo que estoy equivocada.

(Imagen de aquí)

20 de mayo de 2009

Sueño

Una noche desperté sobresaltada por mi sueño. La luna se mostraba a poca altura y alumbraba la parte baja del jardín. Estaba desmochada, último retazo de luna llena bailando entre las nubes en movimiento.
Corría una brisa desapacible, provocada por un descenso de la temperatura en aquel principio de otoño, lanzando un triste y susurrante lamento que se escurría entre los pinos y los abetos. Tras la ventana se colaba un olor a chimenea, a humo de leña, a hojas putrefactas o muertas, prematuro mensaje del invierno.


No acertaba a recordar que había soñado. Debió ser un sueño tétrico, porque el sudor empapaba mi pelo y adhería a mi cuerpo las sábanas de algodón.


De repente la luna quedó opacada por una nube y la oscuridad se hizo patente. De un saltó salí de la cama con el corazón desbocado y entre temerosa de un mal presagio en tu habitación. La luz del pasillo, sin embargo, hacía percibir tu silueta inocentemente dormida. Mejillas redondeadas que se adivinaban rosáceas en la penumbra.


Quedé largo rato observando tu respiración, pausada, tranquila, en alas de un sueño dulce y sereno. Con dedos temblorosos recorrí la silueta de tu cuerpecito que permanecía desmadejadamente grácil. Te contemple largamente, disfrutando de tu presencia, de tu vida, de tu ser, lo más querido por mí.
Respiré tranquila ante tu tranquilidad, y plena por sentirte vivo. En aquél tiempo temía mucho una terrible separación.


Volví a la cama con las energías agotadas y el sistema nervioso en extrema laxitud, todavía algo obsesionada por el sueño que no recordaba. Y se me ocurrió que tal vez la respuesta me la dieses tú mismo en un futuro lejano, cuando ya fueras todo un hombre, como efectivamente ha sucedido.


Fuera, la luna volvía a bañar de plata todo lo que su luz alcanzaba.


Fotografía de Aquí

28 de marzo de 2008

Yo Sé Que Un día

Ya ves que te fuiste y me dejaste con el alma rota. No puedo, soy consciente desde hace mucho, de que no puedo llegar a tí, y éso me desgarra el alma.


Tal vez si yo tuviera la ocasión, encontrara el momento de poder decirte todo lo que en mí ha bullido desde el principio de tu llegada, podrías comprender tantas y tantas cosas que puede ser te resulten sin explicación.




Hablaremos, yo deseo, espero y sé que llegará un día en que hablaremos.


Fotografía de Este Lugar
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