9 de mayo de 2011

Primavera

De repente las tardes de esta mediada primavera han comenzado a tornarse calurosas, dejando en un adormecido olvido la lluvia y el frío casi invernal de días pasados. Hace bochorno, presagio de un incipiente verano.
Salgo a buscarte y me encuentro con los pinos de frondosas copas que nos rodean, olor a resina y a piñas en el aire. Mis pies pisan las agujas que de ellos se desprenden y su crujir rompe el murmullo silencioso de la tarde. A ti no te encuentro.

Te llamo y al sonido de mi voz se desbandan asustados una familia de mirlos que picoteaba las moras de la morera, negro batir de alas, manchas azabaches contrastando con el azul blanquecino del cielo.

De repente te veo, allá abajo, tendido en el verde y fresco césped;  juegas con tu perra, igualmente negra, como los mirlos.

Hago un intento de acercarme pero me contengo, prefiero mirarte a escondidas y disfrutar de tus juegos con ella: le lanzas un palo y ella rauda lo recoge y te lo devuelve, fiel al juego, fiel a ti.

Entonces mi mente retrocede y mezcla  las imágenes actuales que miro con aquellas otras, idénticas, de tu infancia cuando jugabas con el perro San Bernardo.
Ha pasado el tiempo pero ante mis ojos sigues siendo aquél niñito tímido de lentes redondas que me miraba amoroso detrás de sus cristales.

Y te vuelvo a ver como aquél niño que eras, y me doy cuenta de que te sigo sintiendo como a un niño a pesar de tu madurez. Mi niño.

Imagen de Aquí

2 comentarios:

Mjesus dijo...

Un relato precioso. La esperanza del amor, que nunca deja de estar ahí. Me ha emocionado... ¡ME ENCANTÓ!

Marrón Dorado dijo...

Gracias María Jesús. Ciertos amores están creados para permanecer toda la vida.

Besos.

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