10 de noviembre de 2010

Abeja

Caminábamos por un camino recto que empezó a estrecharse. Tú te asiste de mi mano dejando por unos momentos tu desenfrenado trotecillo delante de mí. El camino se estrechaba tanto que parecía que los pinos iban a juntarse. Matas anónimas crecían entre los troncos, a veces con florecillas blancas o azules, pequeñas y casi perdida en la maleza, en las agujas secas de los pinos que formaban una gruesa alfombra.

¿Estamos lejos de casa mami?

No tesoro, casa está a tan sólo unos pasos. Estamos en el camino que hay detrás de ella.

Y tú volviste a soltarte de mi mano. Miraste al cielo y lo encontraste claro y limpio, pero ese cielo desapareció de tu vista borrado por las ramas que se cruzaban formando una tupida bóveda.
A mí me pareció como el si el tiempo se hubiera detenido manteniéndonos a los dos unidos en una grata complicidad.

Fue entonces cuando zumbó una abeja junto a tu oído y tú diste un repentino salto hacia detrás refugiándote en mi regazo.

No pasa nada Tesoro

Tú mantenías la carita escondida contra mi cuerpo. La abeja se alejó siguiendo impávida su camino.
No te hará daño si tú no se lo haces a ella. Como en la vida de las personas, no debemos hacer daño si no queremos que nos lo hagan.

¿Sí mami?

Sí, Tesoro.

El camino se retorció caprichosamente y nosotros decidimos regresar a casa. La tarde descendía vertiginosamente a pesar de ser primavera.

Foto de Aquí

2 comentarios:

Olga G. Carrasco dijo...

Precioso, simplemente precioso.

Marrón Dorado dijo...

Tus palabras me sonrojan.

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