jueves

Duele

Duele.

Duele saber que estás lejos y que hace un tiempo que no gozo de tu presencia. 

Duele. 

Duele el intentar recordarte y sentir como tus ojos, tu rostro, tu figura, se va desdibujando de mis sentidos tal y como los niños borran los dibujos del encerado, tanto es el tiempo que se me antoja sin verte. 

Duele. 

Duele más aún conocer de tu sufrimiento, de tu dolor, de tus interminables noches en vela cargadas de una negrura espesa. 

Duele. 

Duele saberte en pos de una arriesgada utopía que intentas alcanzar desesperadamente extendiendo tu mente en su máxima intensidad, fuera de tu ser, lejos de la dimensión en que habitas. 

Duele. 

Duele el sentir que no estoy, que no puedo estar a tu lado para besarte, mimarte, protegerte entre mis brazos tal y como cuando eras niño y poder así mitigar tanto dolor. 

Y lo que más duele es esta verde esperanza que a veces se vuelve negra al desear con todas mis fuerzas que lo consigas. 
Te quiero tanto….

Imagen: "Solo y Vacío" - JeanBlaze - Deviantar

sábado

Musgo


Qué llenos de ternura me resultaban los días en que salíamos a recoger el musgo para el Portal de Belén.

A principios de Diciembre y en una tarde soleada, solíamos salir por los alrededores en busca del, para ti, gran tesoro, mullido y musgoso suelo, suave alfombra para pastores, campesinos y reyes que pisarían el camino a Belén.
Tú llevabas bien sujeto el cubito azul y la paleta roja de la playa,  que bien nos podían servir para el menester que nos urgía.

Y a lo largo de todo el camino íbamos arrancando de la tierra el suave terciopelo que luego llevaríamos a casa.
A veces, arrastrábamos a la par un caracolillo diminuto que se alimentaba de aquello que nosotros recogíamos.

-          ¿Podemos llevarlo a casa Mami, y ponerlo también en el Belén?
-          ¡Claro que sí!

Y Se iluminaba tu carita tal vez imaginando al caracol entre medio de los pastores.

 A la vuelta, cuando ya el sol comenzaba a desdibujar su camino y perpendicularizaba sus rayos sobre nosotros, el musgo recogido en el cubito brillaba como oscuras esmeraldas reluciendo dentro de su más sencilla humildad.

Entre los dos compartíamos como íbamos a preparar el Belén y en qué lugar pondríamos cada una de las figuritas. Tu carita refulgía de felicidad, y tu pelo, acariciado por el sol, no podía por menos que parecerme el mismo del Niño Jesús.

Imagen de Aquí


viernes

Época




A veces mermaba mi autoestima y no me sentía capaz de demostrarte todo el amor que sentía dentro. Fue una época que ahora recuerdo ambigua, llena de recovecos en los que se escondía la afinidad y la compenetración.
Era tu época adolescente.

En aquel tiempo me costaba una inmensidad poder llegar hasta ti, y eso me hacía sentir hundida.
No alcanzaba a comprender entonces la confusión que podías estar sintiendo tú al adentrarte en una etapa tan vital y tan importante. Tan delicada.

Me pregunto hoy si obré bien con mi actuación para contigo e intuyo que tendrás muchas cosas que reprocharme. No siempre hacemos lo adecuado, tal vez si pudiera cambiaría muchas cosas.

Sin embargo me siento muy orgullosa del resultado de todo aquello, que te hizo llegar a ser lo que eres hoy: Un ser inigualable.

Te quiero tanto…
Imagen de Aquí

Dorados


Dentro de poco comenzarán a amarillear las hojas de la Albizia de Constantinopla y a dorarse las bayas de la Pyracantha para deleite de los mirlos mañaneros. Pronto, muy pronto todo lucirá dorado: el cielo en los amaneceres y atardeceres, los árboles se teñirán de oro y el suelo aparecerá alfombrado con un lecho ocre y crujiente.

Otoño en la vida, otoño en mi vida como contrapunto de la primavera de la tuya.

Cuantos otoños vividos a tu lado, viendo como crecías con cada uno de ellos hasta desprenderte de mis brazos y comenzar a vivir los tuyos sin necesidad de mí.

*Foto de Aquí

martes

Impotencia

Ha habido hoy para mí momentos angustiosos, llenos de incertidumbre. Recordé el negro abejorro que esta misma mañana volaba en derredor de mí. Se había colado por la ventana y torpemente se golpeaba una y otra vez contra el vidrio queriendo volver al exterior. Yo lo tomé delicadamente con un pañuelo y lo devolví al aire.
Ahora pienso que ese fue un presagio de que yo también llegaría, en tan sólo unas horas, a sentirme apresada.

Me sobrecoge pensar que aunque insignificante, se pueda de nuevo abrir una brecha entre nosotros y llegue a hacerse abismal.
Es difícil el papel de madre aún cuando el hijo sea como tú, todo un hombre.

Siempre han imperado en mí sentimientos de fracaso e impotencia.

Al atardecer salí fuera para perderme dentro de la tarde que moría. Me senté junto a un pino y me cubrí el rostro con las manos. Por entre mis dedos distinguí una hormiga que pasaba junto a mi pié arrastrando una mosca muerta. La hormiga no tenía camino y trataba de elevar la mosca con gran dificultad, sobre piedras que para ella serían como gigantes. Y no se detenía, tanteaba con sus patas el terreno y buscaba penosamente donde apoyarse, para tirar, para avanzar con aquel insecto sin vida que sería su alimento.
Era ya tarde, casi anochecido, pero parecía no importarle el tiempo ni la noche; sólo conseguir arrastrar aquella mosca que la pudiera alimentar. Era su vida lo que defendía a costa del gran esfuerzo y sacrificio.

Yo sentí entonces una rabia tremenda de no tener tesón para saber llevar determinadas situaciones que me embargan de un pánico infinito y sin sentido.

Foto de Aquí

miércoles

Crecer


El calor arrecia y blanquea el color del cielo. Ese tono blanquecino hace extraña a esta tarde de estío que agoniza.

Hubo momentos en los que en tardes como ésta nos mojábamos con los aspersores de riego bajo las ramas lloronas del árbol de la falsa pimienta y yo jugaba contigo, poniéndome a tu altura como si fuera un niño más.

En un instante la presión del agua hizo que se me escapara la manguera de las manos y comenzara por sí misma a danzar enloquecidamente salpicándolo todo de agua, mojándonos aún más si cabe y formando charcos a nuestros pies.

Tu riza acalló el canto de las enardecidas chicharas y apagó el zumbido del calor de la tarde. Estalló tal y como estallan los fuegos artificiales, iluminándolo todo: ellos con su luz, tú con tu risa.

Que feliz me sentía. Te apreté entre mis brazos y te pedí en un susurro: "No crezcas nunca".

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lunes

Primavera

De repente las tardes de esta mediada primavera han comenzado a tornarse calurosas, dejando en un adormecido olvido la lluvia y el frío casi invernal de días pasados. Hace bochorno, presagio de un incipiente verano.
Salgo a buscarte y me encuentro con los pinos de frondosas copas que nos rodean, olor a resina y a piñas en el aire. Mis pies pisan las agujas que de ellos se desprenden y su crujir rompe el murmullo silencioso de la tarde. A ti no te encuentro.

Te llamo y al sonido de mi voz se desbandan asustados una familia de mirlos que picoteaba las moras de la morera, negro batir de alas, manchas azabaches contrastando con el azul blanquecino del cielo.

De repente te veo, allá abajo, tendido en el verde y fresco césped;  juegas con tu perra, igualmente negra, como los mirlos.

Hago un intento de acercarme pero me contengo, prefiero mirarte a escondidas y disfrutar de tus juegos con ella: le lanzas un palo y ella rauda lo recoge y te lo devuelve, fiel al juego, fiel a ti.

Entonces mi mente retrocede y mezcla  las imágenes actuales que miro con aquellas otras, idénticas, de tu infancia cuando jugabas con el perro San Bernardo.
Ha pasado el tiempo pero ante mis ojos sigues siendo aquél niñito tímido de lentes redondas que me miraba amoroso detrás de sus cristales.

Y te vuelvo a ver como aquél niño que eras, y me doy cuenta de que te sigo sintiendo como a un niño a pesar de tu madurez. Mi niño.

Imagen de Aquí
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